La cara oculta de Encarnita Ortega, numeraria del Opus Dei
Publicado por opusvalladolid en Enero 3, 2008
La verdadera historia de Encarnación Ortega Pardo, testimoniada por Maria del Carmen Tapia. Extractos del libro: TRAS EL UMBRAL, una vida en el Opus Dei (1992):
Maria del Carmen Tapia nació en Cartagena (España) en 1925. En 1960 adquirió en Caracas la nacionalidad venezolana, que conserva. Creció y se educó en Madrid. Entró en el Opus Dei como asociada numeraria en 1948. Vivió en las casas del Opus Dei en España hasta 1952, en que fue llamada a Roma para trabajar directamente a las órdenes de monseñor Escrivá. En 1953 fue nombrada en Roma superiora de la Asesoría Central de la sección de mujeres, donde trabajó también como primera directora de la imprenta del Opus Dei. En 1956 fue destinada a Venezuela como directora regional de la sección de mujeres. Vivió en Caracas hasta 1965, año en que monseñor Escrivá la llamó a Roma. Desde 1966 no pertenece al Opus Dei. Encarnación Ortega vivió en la sede central del Opus Dei, Roma, desde 1946 a 1965, fue allí donde la conoció Maria del Carmen Tapia.
Maria del Carmen Tapia es y ha sido gravemente calumniada e insultada por las autoridades de la Prelatura del Opus Dei, en público, por el “delito” de haber contado lo que vio con sus propios ojos y vivió en carne propia.
Por ejemplo, en la documentación del proceso de beatificación de José María Escrivá se recoge una declaración textual de Javier Echevarría, en las páginas 610 y 611 del sumario, sobre la persona de María del Carmen Tapia. De ella dijo el actual Prelado del Opus Dei: al cabo de los años intentó la perversión de unas cuantas mujeres con las peores aberraciones. El Siervo de Dios, apenas tuvo conocimiento de algunos hechos, llamó a Carmen Tapia -que estaba en Venezuela- a Roma; aquí le anunció que no volvería a ese país, y por su reacción dedujo que había cuestiones más importantes que las ya conocidas, en las cuales había involucrado a varias personas. Ante tan horrenda depravación (…), dijo a esta mujer que tenía dos soluciones: pedir la dispensa, que se le concedería inmediatamente, o no pedirla, y entonces habría de someterse a un proceso, que sería enviado a la Santa Sede, quedando -como se merecía- completamente deshonrada por su extraviada vida. Aquella mujer pidió la dispensa; y como el Siervo de Dios comprendió que era una persona sin conciencia, le advirtió que si calumniaba a la Obra con su corrupción, no habría más remedio que informar sobre quién era la calumniadora. Hemos sabido que, desgraciadamente, esta mujer ha seguido por esos desastrosos derroteros. A nadie se le escapa la gravedad del asunto y de estas declaraciones en sí mismas.
En cuanto tuvo conocimiento de las declaraciones de Echevarría, la infamada solicitó del actual Prelado del Opus Dei una pública rectificación de esas declaraciones, por calumniosas. Pero no consta que éste haya rectificado.
Las afirmaciones de Javier Echevarría, fríamente consideradas, carecen de toda credibilidad, por fuerte que esta afirmación les pueda sonar a algunos: la vida suele tener matices de claros y oscuros que de ningún modo aparecen en su relato. Quienes hemos conocido al famoso Fundador en carne mortal sabemos que ni era tan “manso” ni era tan “beatífico” como nos lo pintan, más bien al contrario: eran frecuentes sus altibajos de humor, no pocas veces se mostraba violento, colérico, intempestivo, y con excentricidades hasta lo patológico. Hartos estamos además de una “bibliografía amarilla” sobre el personaje, nada rigurosa ni científica, que lo encumbra por sistema mientras no tiene reparo ninguno en denostar a cualquier otro personaje, sin apenas pruebas ni documentos, si esto beneficia la exaltación de Escrivá. ¡Curioso rasero de verdad y de justicia!
Y, por otra parte, mientras los hechos de la maledicencia no sean públicos y demostrados, uno tiene la obligación -siempre y en toda circunstancia- de respetar la fama y el buen nombre del prójimo. O sea, en principio y por principio, Carmen Tapia tiene razón en sus quejas y reclamaciones, pues no constan por ningún lado las supuestas perversiones. Y, si Javier Echevarría desea mantener en pie su “historia”, debería probarla ante los hombres con algo más que palabras, al margen de que en su momento el juicio divino le pida estrecha cuenta de sus dicterios tan ofensivos.
Se ve, claramente, que el Opus Dei -con el Prelado a su cabeza- no tiene ningún escrúpulo a la hora de falsear la realidad de las cosas en su propio beneficio, incluso, destruyendo a personas por el mero hecho de hablar con libertad.
Ahora, el Opus Dei, tomando excusa en que la Prelatura es “estructura jerárquica” análoga a las diócesis, monta procesos de beatificación por su cuenta, en tribunales que ellos preparan, sin control de nadie… ¡Y ya sabemos cómo suelen proceder! Ellos preconstituyen los hechos para las tales beatificaciones de sus miembros (igual que hicieron con su Fundador), según necesiten. Piénsese en las multitudes de misas de aniversario “organizadas”, que luego se venden como devoción espontánea.
Hoy por hoy, quizá el caso más sangrante sea el de Encarnita Ortega, fallecida en Valladolid: según el Código de Derecho Canónico, el proceso debería instrumentarse en los tribunales de esa diócesis. Pero he aquí que, sin encomendarse a nadie, se lo llevan a un tribunal constituido ad hoc por la Prelatura.
No parece que todo este modo de proceder sea muy sobrenatural ni se tome a Dios en serio. Es un verdadero escándalo. Por todo esto ofrecemos el testimonio de Maria del Carmen Tapia sobre Encarnación Ortega Pardo, para completar la información propagandística y falsa que el Opus Dei de Valladolid ofrece de ella.
Imagen: Encarnita Ortega (a la derecha de la fotografía) con otras numerarias, Mons. Escrivá y Mons. Del Portillo en la sede central del Opus Dei, 1965.
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En una de las capillas subterráneas [de la sede central del Opus Dei en Roma], monseñor Escrivá mandó construir, en vida, su propia tumba, así como las tumbas de unos cuantos miembros del Opus Dei, quienes por diferentes circunstancias, habían estado más allegados a él. Una de ellas, la de monseñor Álvaro del Portillo, respecto de la cual monseñor Escrivá decía: “Y Álvaro estará cerquica de mí hasta después de mi muerte.” Otras tumbas estaban dedicadas para el arquitecto Jesús Gazapo, que terminó las obras de esta casa central, y dos numerarias del Opus Dei, de las primeras en la fila de mujeres. Una de ellas siempre se consideró que sería Encarnita Ortega, por muchos años directora central de la sección de mujeres del Opus Dei, actualmente bastante enferma en España [fallecida en Valladolid en 1995], y quien cayó en desgracia de Escrivá a raíz del escándalo en Caracas de su hermano Gregorio, numerario entonces.
(Gregorio Ortega Pardo, el numerario de confianza de monseñor Escrivá en Portugal se fugó a Venezuela, en octubre de 1965, con mucho dinero y joyas, se hospedó en el mejor hotel y fue descubierto a raíz de la denuncia hecha a la policía.)
Primera estancia de Carmen Tapia a Roma desde España, para trabajar en el gobierno Central del Opus Dei, Villa Tevere (1952-1956):
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Al día siguiente que Rosario se fue a “Gaztelueta”, yo hablé con Dorita y aún recuerdo la pregunta que le hice:
-Dime, Dorita, ¿cómo es el Padre [Escrivá] realmente, tú que le conoces?
Ella se echó a reír y me dijo:
-Vivir cerca del Padre es duro porque es muy exigente. -Y siguió-: La que le conoce muy bien es Encarnita Ortega, que es la directora de la casa allí. Por ejemplo: yo vi un día que Encarnita le dijo: “Padre, le ha llegado esta carta.” Y junto con la carta Encamita le entregó unas tijeras y un abridor de cartas para que el Padre pudiera escoger lo que prefiriera para abrir aquel correo.
Aquello nunca se me olvidó.
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Yo le pregunté a Encarnita Ortega si podría beber un vaso de agua, porque hacía casi cuarenta y ocho horas que no bebía una gota. Siempre me acordaré de que miró el reloj y me dijo: “Son pasadas las doce. Si bebes agua ahora, mañana no podrás comulgar. ¡Mira qué bien! -agregó-, la primera cosa que vas a ofrecer en Roma por el Padre.” Y, naturalmente, no bebí agua.
A Tasia, la sirvienta que venía conmigo, la acompañaron a su camarilla (nombre que se les da en las casas del Opus Dei a los dormitorios de las sirvientas, que siempre son individuales) Antonina, con Mary Carmen Sánchez Merino e Iciar. A mí me acompañaron a mi cuarto Encarnita Ortega y María Luisa Moreno de Vega.
Naturalmente Encarnita me dijo también lo mismo que en Madrid: que era una “enchufada” por venir a la casa del Padre y la mucha responsabilidad que tenía ante Dios por haber sido escogida a trabajar directamente con él como una de las dos secretarias personales.
Me preguntó Encarnita si traía algo para el Padre y le dije que sí. Le entregué el correo que me dio don José María Hernández Garnica y también la faltriquera [que contenía miles de dólares sacados ilegalmente de España], explicándole lo que me había sucedido en Ventimigua [la aduana]. Ella me dijo que se lo explicara yo misma a don Álvaro del Portillo cuando le viera al día siguiente.
[...]
Nada más desayunar, Encarnita acomodó en una bandeja de plata las cosas que yo había traído para el Padre y nos dijo a Tasia y a mí que estuviéramos preparadas porque el Padre iba a venir a la Gallenia della Madonna [una de las zonas de la sede central del Opus Dei] a saludarnos. Preguntamos cómo había que saludarle y nos dijeron que se le besaba la mano si él nos la tendía.
[...]
Preguntó el Padre si había traído correo para don Álvaro y le dije que sí. Encarnita abrió la puerta del planchero y Rosalía López, una numeraria sirvienta de las primeras, salió con la bandeja. El Padre indicó que la dejaran en el comedor de él en la Villa Vecchia [la ‘casa del Padre', en Villa Tevere]. Aproveché un silencio del Padre para intentar decir a don Álvaro la razón por la que tuve que abrir la faltriquera, pero no me dejó seguir. Me hizo un gesto con la mano como diciendo que no me preocupara. Y eso fue todo.
Dijo el Padre que avisaran a María Luisa. Ésta, a quien Encarnita le había dicho que se quedase en el planchero por si acaso el Padre la llamaba, salió inmediatamente.
El Padre, muy amablemente, nos dijo a las dos que tendríamos que trabajar “muy cerquica” de él en las cuestiones de secretariado relativas a la sección femenina del Opus Dei en el mundo, pero que nos quedara muy claro que nuestro trabajo de secretarias no era labor de gobierno “aunque”, agregó, “María Luisa tiene función de gobierno, por ser superiora mayor, pero tú, no”, dijo dirigiéndose a mí. En días sucesivos nos repitió esto tan a menudo, que yo le solía decir a María Luisa, bromista: “El Padre me volverá a decir cuando venga que tú tienes función de gobierno y yo no.”
[...]
En la casa, durante el almuerzo, Encarnita me preguntó qué me había parecido San Pedro. Encarnita tenía mucho empeño en que se hablara italiano en la mesa, me di cuenta.
Aquel primer día en Roma estuvo cargado de diferentes impresiones. Pude apreciar que Encarnita estaba tan pendiente del Padre que preveía hasta la menor cosa, como lo indican los ejemplos que señalé de preparar la bandeja ella misma con las cosas traídas de España, hasta hacer que la sirvienta estuviera con ella esperando para cuando la pidieran o que María Luisa estuviera también cerca por si la llamaba el Padre. Otro recuerdo de ese primer día es el de que me encontraba siempre perdida en la casa y tenía que esperar a que alguna cruzase aquella galería para preguntarle cómo ir al oratorio, a mi cuarto o al comedor.
Al segundo día de mi estancia en Roma empezó la vida normal, diríamos. Encarnita me mostraba la cocina cuando Antonina, la sirvienta, que solía contestar al teléfono, se acercó a Encarnita y le dijo algo en voz baja.
Encarnita, con aire poco amistoso, me preguntó:
-¿A quién le has dado este número de teléfono?
-A nadie -le respondí en verdad.
-Pues mira a ver quién es el señor que te llama.
No acertaba quién pudiera ser, porque ni a mi padre ni al bendito señor del tren le había dado teléfono alguno y yo no conocía a nadie en Roma.
El teléfono estaba entonces en el planchero. Así que contesté desde allí. Y cuál no sería mi sorpresa cuando oigo la voz del señor italiano del tren con quien coincidí camino de Roma, muy contento, porque había localizado mi teléfono y la dirección de la casa y quería venir a buscarme para enseñarme Roma. Mi respuesta fue brusca, maleducada y cortante. Le dije simplemente que no volviera a molestarme y que no se le ocurriera volver a llamar, y le colgué. Volví donde estaba Encarnita y le dije simplemente que era un señor que venía con nosotras en el compartimiento del tren desde Madrid y que le explicaría todo más tarde. Por la cara que puso me figuré que me iba a echar una bronca.
Como directora de la casa, Encarnita recibía entonces todas las confidencias de las numerarias y de las numerarias sirvientas, así que llevaba el control más absoluto de todas y cada una de nosotras.
En una parte del planchero que quedaba como en un altico, Encarnita, mientras cosía, recibía la confidencia de la sirvienta de turno. Estando yo en el mismo planchero, vi que Tasia, la numeraria sirvienta que había venido conmigo en el viaje [desde España], hablaba con ella. O sea, que comprendí que la libre interpretación de aquella sirvienta sería la razón en la que Encarnita se apoyaría para decirme lo que fuera.
La cosa no se hizo tardar demasiado: al día siguiente, sin esperar ni tan siquiera a oírme, Encarnita me lanzó una gran filípica, marcando como grave el mal ejemplo que le había dado a la sirvienta durante el viaje, porque no sólo no había dejado de coquetear con el italiano del tren, sino que había permitido que me agarrara por el brazo para subirme al tren y había leído las revistas pornográficas que me había prestado cuando yo sabía que nosotras no podíamos ver ninguna revista sin permiso. El punto grave fue que, como me dijo todo esto como corrección fraterna, no pude defenderme y tuve que aceptar todo sin rechistar. Hubiera abofeteado a la sirvienta por su estúpido escándalo y por sus falsas interpretaciones.
Lo que yo no sabía al llegar a Villa Sacchetti [la casa de mujeres dentro de la sede central del Opus Dei] era que el termómetro del “buen espíritu de la Obra” era Encarnita y que todo, absolutamente todo, lo reportaba al Padre o a don Álvaro. Por otra parte, como Encarnita compartía plenamente con el Padre la idea de que las numerarias sirvientas eran como niñas pequeñas, cualquier cosa dicha por una numeraria sirvienta, tenía mayor peso de lo que pudiéramos decir nosotras. Naturalmente, en la bronca-corrección, Encarnita me dijo que yo no acababa de llegar a Roma cuando ya estaba defraudando al Padre y que no quería ni pensar el disgusto espantoso que el Padre se llevaría si supiera mi conducta durante el viaje.
El día que me correspondió hacer mi confidencia, le expliqué mi versión de los hechos del viaje, pero me quedé convencida de que mi verdad no cambió nada su opinión sobre mi conducta. Instintivamente me di cuenta de que Encarnita no se fiaba de mí a cabalidad, aunque, no obstante, yo hice todo lo posible por ganarme su confianza, cosa que mejoró bastante con los años.
Respecto a Encarnita, había un hecho que yo desconocía: su tendencia a celarse de quien pudiera hacerle sombra frente al Padre. Primero consiguió que Pilarín Navarro fuera a la región de Italia de directora, con lo cual ella era la más antigua y la que conocía mejor al Padre en Villa Sacchetti, cosas reales. Pero la llegada de María Luisa y mía la habían relegado de nuevo; es decir, ahora ella no era la única que veía al Padre en confidencia. Ella era la directora de la casa y nada más, y en los asuntos de secretaría no entraba para nada, lo que claramente no le gustaba, por supuesto.
[...]
Cuando llegamos a Roma María Luisa y yo, Encamita Ortega escribía el diario de la casa, encargo que me lo pasó a mí al poco de llegar. Es costumbre en todas las casas del Opus Dei el escribir un diario, pero el diario de la casa de Roma ofrecía el mayor interés dentro del Opus Dei, porque reflejaba muchas cosas de la vida de su fundador. Así me lo dijo Encarnita, con la indicación de que cuando notase que el Padre se disgustaba (enfadaba) por algo, tenía que escribir más o menos la expresión de “hoy el Padre se disgustó porque pusimos poco amor de Dios en esto o aquello”. Este diario lo escribí durante bastantes años y si por cualquier causa no iba a poder hacerlo un día, tenía que notificárselo a la directora, para que lo escribiera ella o se lo diera a escribir a alguien.
[...]
Durante estos meses, raro era el día que no veíamos al Padre y a don Alvaro, bien porque ellos venían a secretaría o porque nos llamaban, después del almuerzo, para que subiéramos al comedor de la Villa a despachar alguna cosa o a recibir alguna indicación, de tal manera que se estableció la costumbre de que mientras el Padre y don Álvaro almorzaban, María Luisa y yo íbamos a la cocina para evitar hacer esperar al Padre, caso de que nos llamase. En la cocina y a las horas de almuerzo y cena estaba también Encarnita, ya que como directora de la casa debía estar pendiente de las comidas del Padre.
Estar pendiente de las comidas del Padre significaba no solamente probar la comida antes de que se la subieran a su comedor, sino medir y pesar todo conforme a las indicaciones recibidas por el médico a través de don Álvaro. Sabíamos que el Padre tenía un régimen especial, pero abiertamente no se decía qué tenía. Indiscutiblemente tenía diabetes, como después de su muerte ha confirmado uno de los historiadores oficiales de monseñor Escrivá, (Andrés Vázquez de Prada, “El fundador del Opus Dei”, Madrid (Rialp), 1983, pp. 253-254) y por ello, debía bajar de peso, lo que implicaba no poder tomar una serie de alimentos.
Mientras esperábamos por si el Padre llamaba, tanto Encarnita como nosotras dos ayudábamos a la numeraria encargada de cocina a preparar las meriendas de la casa entera, para la residencia y para la administración.
Muchas mañanas, cuando el Padre llegaba a secretaría, nos hablaba de los planes futuros de la Obra, respecto a la sección de mujeres y también dejaba ver su malestar, en más de una ocasión, con respecto a la Iglesia, a Pío XII en aquel entonces. Recuerdo muy bien que un día nos dijo: “Hijas mías, no os dais cuenta de lo que está pasando a vuestro alrededor: estoy atado de pies y manos. Este hombre [por Pío XII] no nos entiende, no me deja moverme y aquí estoy encerrado.” Y gesticulaba con las manos, como diciendo: es incomprensible. A mí me quedó muy claro que el Papa no le dejaba salir de Roma. Esto, con diferentes palabras, se lo oí decir más de una vez.
[...]
Esta primera época de mi llegada a Roma fue una de las más interesantes de mi vida en el Opus Dei. Por una parte, por mi ceguera o fanatismo, como quiera llamársele: era tal el autómata en que estaba convertida que nada ni nadie tenía importancia para mí en la vida, más que aquella casa, el Padre, Encarnita: absolutamente todo girando alrededor de monseñor Escrivá, a quien solíamos ver a diario y, en el caso de María Luisa y mío, más de una vez al día. Y hoy, que me asombro de esto, por una parte, comprendo a cabalidad por la otra, la esencia del Opus Dei como secta: estábamos sobresaturadas de trabajo físico de diversas clases; si había algún momento libre era el de las normas del plan de vida y todo ello salpicado por la presencia y adoctrinamiento del Fundador. No había el menor tipo de diversión más que la media hora al día de tertulia con las sirvientas jugando a la pelota en el Cortile del Cipresso, un patiecito muy pequeño con un ciprés en el centro. Eso en verano. En el invierno, en el planchero, o sea, en el mismo sitio donde pasábamos la mayor parte de nuestro día. No teníamos música de clase alguna y por supuesto no se oía tampoco la radio -no había radio en la casa- ni se leía el periódico. Es decir, Villa Sacchetti éramos y sigue siendo un islote en medio de la gran ciudad de Roma con vida únicamente para la Obra y para su fundador. Lo demás carecía de importancia real. Si salíamos a la calle, claro que veíamos a la gente y a la ciudad, pero como los motivos para salir eran exclusivamente compras necesarias para la casa, para el trabajo o bien compras de unos zapatos o cosas por el estilo, era como si fuéramos dentro de nuestro propio mundo, pasando junto a, pero sin mezclarnos con.
Yo me creía entonces libre porque teníamos la libertad permitida por unos parámetros bien definidos, no la auténtica libertad cristiana que, con absoluto conocimiento de la situación y sin cortapisas de “buen” o “mal espíritu”, permite a los cristianos corrientes emplear su libre albedrío. Los miembros del Opus Dei no tienen más libertad que la que les permite “el buen espíritu de la Obra” previa consulta a los superiores, incluso en las cuestiones profesionales, sociales y políticas, como dije al principio de este libro.
[...]
No hacíamos tampoco apostolado directo. Esto estaba encomendado a la región de Italia. Nuestra labor era totalmente interna: por una parte, la administración [las tareas domésticas] de la casa del Padre, la Villa Vecchia, y del incipiente Colegio Romano de la Santa Cruz, cuyas obras se habían empezado recientemente. Cuando yo llegué a Roma, los numerarios varones, alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz, aún vivían en el llamado Pensionato (Pabellón dedicado al servicio cuando se adquirió en 1947 Villa Tevere, mansión que había servido previamente como embajada de Hungría ante la Santa Sede). Sólo las comidas las hacían en el comedor de la administración, como dije anteriormente.
Un día en que estábamos en el planchero oímos grandes gritos del Padre, chillidos. Yo me sobrecogí y pensé que pasaba algo muy serio y nos llamaba. Me levanté rápidamente y, cuando fui a abrir la puerta del planchero que daba a la Galleria della Madonna, una de las numerarias más antiguas en la casa se me acercó advirtiéndome en voz baja: “No salgas. Debe de ser el Padre que le está corrigiendo al arquitecto.” Efectivamente, fueron muchas las veces que le oí a monseñor Escrivá gritarle al arquitecto. Primero Fernando de la Puente y luego, cuando se lo llevaron a éste a España, porque se puso muy enfermo, a un muchacho bastante joven que dejaron en su lugar. Otra de tantas veces contemplé la escena, muy amarga, del Padre echándole una bronca a Encarnita porque ésta era corta de vista y no quería ponerse anteojos. Encarnita enrojecía hasta la raíz del pelo y sus jaquecas habituales se acrecentaban aquel día.
Era fácil detectar en la casa a quienes, por el motivo que fuese, el Padre reñía. No se podía llorar, pero la gente se quedaba muy seria. Uno de los puntos álgidos de los enfados de monseñor Escrivá era por la cocina: cuando alguna numeraria de las que trabajaban en ella abría las ventanas y los olores subían a la Villa Vecchia. La cocina de Villa Sacchetti está como en el corazón de la casa, y aunque hicieron los arquitectos varios ensayos con diferentes extractores de humo, siempre había olor a comida. Esto lo exasperaba de tal forma a monseñor Escrivá que es difícil expresarlo. Yo le he visto alguna vez entrar en la cocina, ir derecho a la ventana abierta y cerrarla dando un gran portazo. Curiosamente él no se apercibía del dolor que su actitud causaba a las numerarias y sirvientas trabajando en ese lugar, ni del calor que pasaban igualmente, dado el enorme trajín de la cocina, al no poder abrir las ventanas.
Encarnita era la numeraria a quien, como directora de la casa, más reñía, bien porque alguna de las sirvientas o nosotras nos habíamos dejado olvidado en la casa administrada un trapo de quitar el polvo o una bayeta de sacar brillo al piso. Por el motivo que fuera, el blanco de las broncas del Padre solía ser ordinariamente Encarnita. Siempre consideré de “buen espíritu” la forma tan admirable en que Encarnita recibía aquellas broncas de monseñor Escrivá, pero me doy cuenta hoy día de que en realidad más que “buen espíritu” lo que Encarnita tenía era un amor morboso hacia el Padre. Se gozaba en recibir aquellas broncas. Le parecía que era signo de predilección el recibir directamente las riñas del Fundador. De hecho, había una frase que se repetía en muchos países entre las numerarias: “Bienaventuradas las que reciben las broncas del Padre”, porque era señal de que se estaba cerca de él. No tenía monseñor Escrivá ciertamente un carácter moderado.
Con don Álvaro del Portillo, Encarnita tenía una relación muy diferente. Álvaro era la persona con la cual Encarnita podía hablar de todo, y de hecho lo hacía aprovechando cualquier coyuntura, bien fuera para decirle que necesitábamos dinero o cualquier cosa relativa a las comidas o salud del Padre, así como también para informarle de algún problema serio de alguna numeraria o sirvienta. ¿Cuándo podía hablar Encarnita con don Álvaro si la separación entre las dos secciones del Opus Dei -hombres y mujeres- es total? Por ejemplo, si bajaba solo al comedor a cenar mientras nosotras limpiábamos el vestíbulo de la Villa Vecchia, Encarnita podía hablar con él unos minutos. Otras veces por el telefonillo de dirección y, alguna vez, cuando el Padre salía del comedor de la Villa, si don Álvaro se quedaba un poco rezagado, Encarnita aprovechaba unos minutos para preguntarle o consultarle algo.
Encarnita tenía el privilegio, entre las numerarias, de poderle llamar de “tú” a todos los sacerdotes de la Obra.
Las broncas eran una faceta que yo desconocía del Padre, pero realmente me causaban temor porque no sabía cómo podía reaccionar yo el día que me lanzara la primera. Hasta ahora era oír todo lo que les decía a las demás, pero no a mí directamente. Y la verdad es que cuando le oía reñir, yo temblaba. No eran regaños; eran broncas gritadas, que, por su fondo y forma, herían hondo por el mucho cariño que se le tenía. Yo no recordaba jamás a mi padre regañando de esa forma tan brusca y tan hiriente.
En aquella época monseñor Escrivá y don Álvaro del Portillo solían pasar al planchero después de su cena. Como era casi a diario, les solíamos tener preparadas dos sillas. Las numerarias que trabajábamos en la parte donde se solía coser, estábamos en primer plano. Unas veces las sirvientas que planchaban en la parte que daba hacia el Cortile dcl Cipresso o las que estaban en cl lavadero seguían allí planchando y lavando a no ser que el Padre específicamente les dijera que se acercaran al grupo.
Al entrar en cl planchero, solía decir siempre “Pax!” bastante alto para que lo oyéramos todas y no dejaba de ser corriente el que repitiera varias veces “Pax!” mientras se sentaba. Solía entrar con un gesto muy típico de sus manos: un poco avanzadas y como colgantes.
Cuando se sentaba solía cruzar las manos y descansarlas en su regazo. No solía cruzar nunca las piernas al sentarse, al menos frente a nosotras. Si llevaba el manteo puesto se lo arrebujaba mientras nos recorría a todas con su mirada diciéndonos:
-A ver, ¿qué me contáis hoy, hijas mías?
Muchas veces se hacía un gran silencio. Nadie osaba hablar. Y entonces solía decir:
-Bueno, si no me contáis nada, me voy.
A lo que seguía un murmullo de protesta:
-No, Padre, no.
A no ser que Encarnita lanzara algo para contarle al Padre o indicase a alguna sirvienta alguna cosa, el Padre solía dirigirse a Julia, una de las primeras numerarias sirvientas, vasca, ya bastante mayor y le decía:
-Bueno, Julia, dime tú algo, hija mía.
Julia era discreta e inteligente y tenía bastante acierto a decir algo por donde monseñor Escrivá pudiera pegar la hebra.
Fue en una de estas ocasiones, cuando monseñor Escrivá anunció que iban a venir a Roma, por primera vez en la Obra, numerarias sirvientas mexicanas. Entonces, dirigiéndose a María Luisa Moreno de Vega y a mí, nos preguntó en tono bromista:
-¿Cómo no le habéis dicho a vuestras hermanas quiénes van a venir de México?
Nosotras nos sonreíamos calladas y monseñor Escrivá agregaba, dando criterio a la concurrencia:
-Hijas mías, no os han podido decir nada vuestras hermanas porque lo saben solamente por silencio de oficio. Pero, ¡a ver, decidlo!, ¿quién viene?
María Luisa y yo respondimos:
-Constantina, Chabela y [otra sirvienta más, cuyo nombre no logro acordarme ahora, aunque a ella la recuerdo perfectamente], tres numerarias sirvientas.
-A ver, ¿ quién más Viene? -nos animaba el Padre.
-Gabriela Duclos, Mago y Marta, arquitecto mexicana, todas numerarias.
A cuenta de esto, monseñor Escrivá hablaba de México, de la labor que la Obra estaba haciendo allá y de que acababan de regalar al Opus Dei una hacienda en Montefalco donde, “si éramos fieles”, se abriría una granja-escuela para campesinas.
Otras veces nos hablaba monseñor Escrivá de la marcha de las obras del Colegio Romano de la Santa Cruz y de que encomendásemos a don Álvaro que llevaba un peso enorme con los problemas económicos, ya que cada sábado tenía que pagar a los obreros.
Muchas otras veces los temas giraban a lo “listas que teníamos que ser en la vida”, que él “no quería hijas tontas” y agregaba: “Hijas mías, no me seáis bobicas como las monjas”, y al decir esto remedaba con la voz y hacía la mímica con las manos pegadas a la cara de una persona bobalicona, lo que originaba grandes risas entre las numerarias sirvientas y entre muchas numerarias igualmente.
[...]
Como dije, nosotras no hacíamos apostolado directo en Villa Sacchctti, sin embargo Encarnita Ortega solía ir una vez por semana a la región de Italia para hablar con señoras y hacer apostolado con ellas. También les daba ocasión a las numerarias de allí de hablar con ella, y a ella de ver y enterarse de lo que ocurría en la región de Italia. Cosas todas que, una vez pasadas por su tamiz, se les refería al Padre o a don Álvaro.
A propósito de la región de Italia recuerdo que, un día que salí por Roma con Encarnita, le preguntaba yo por las numerarias de la región de Italia, especialmente por Pilarín Navarro, quien era la directora regional de ese país e igualmente una de las primeras de la Obra. Encarnita no me habló positivamente de ninguna de ellas, empezando por Enrica y Fina Botella, de quienes dijo que eran de las primeras de la Obra, hermanas de don Francisco Botella, pero “tonticas”, siguiendo por Victoria López Amo, muy de las primeras, con un hermano igualmente numerario, sobre quien hizo un gesto enigmático difícil de descifrar. De Consi Pérez no dijo nada ese día. De Pilarín Navarro Rubio me habló francamente mal. Eran paisanas, me dijo, tenía mucha familia en el Opus Dci, especialmente su hermano Mariano, uno de los primeros supernumerarios (que años más tarde llegaría a ser ministro con Franco). Me dejaba ver Encarnita que Pilarín era muy orgullosa y que había tenido diferencias con el Padre porque no tenía cariño por él. Claramente me agregó que el Padre no se fiaba de Pilarín porque había “algo” que no le gustaba y me dio a entender una cosa muy seria: que el Padre tenía aprensión a las comidas que Pilarín le preparaba cuando estuvo en cocina porque no se sentía seguro de ella. Ésta fue la presentación personal que Encarnita Ortega me hizo de la región de Italia, agregando además que el problema económico que tenían era muy serio porque “no se les ocurría hacer nada apostólico” y que María Teresa Longo, la primera vocación italiana, cuyo hermano también era numerario, no parecía una vocación muy segura. Defendía, sin embargo, a Chelo Salafranca. Dijo que era una numeraria que quería mucho al Padre y que era gran proselitista. Cosa muy curiosa porque al cabo de los años, Chelo Salafranca se escapó del Opus Dei de forma bastante aparatosa.
[...]
A Villa Sacchetti solían venir algunas tardes, de visita y por excepción, las dos primeras supernumerarias italianas, la señora Lantini y la señora Marchesini. Se las pasaba al planchero donde nos ayudaban a coser. Ambas tenían hijos numerarios. La señora Lantini era un encanto: menuda, delgada, con una gran sordera. Debía de haber sido una mujer muy linda. La señora Marchesini era muy alegre, simpatiquísima, bajita, dicharachera y con una voz un tanto chillona, que cuando venía un sábado y cantaba la Salve con gorgoritos nos sumía a todas en tal ataque de risa, que, a pesar de los esfuerzos que hacíamos por contenemos, más de una tuvimos que salir del oratorio para no soltar la carcajada dentro.
Uno de los días que vino la señora Marchesini nos comentó la muerte del rey Jorge VI de Inglaterra. La que más y la que menos pegamos un brinco al oír la noticia y dijimos:
-¿Cómo, que se ha muerto el rey de Inglaterra?
Esta señora se quedó tan asombrada de que no lo supiéramos, que nos preguntó a su vez:
-¿Pero no están enteradas? Si falleció hace varios días.
A lo que Encarnita vivamente contestó:
-Sí, yo sí lo sabía, pero no quise decírselo a ellas para no impresionarlas.
Nos contuvimos la risa que dicha respuesta nos produjo, hasta que esta señora se fue. Naturalmente, Encarnita nos dijo al irse la señora Marchesini, que ella no tenía ni idea de que se había muerto el rey de Inglaterra.
Aquella tarde, pues, cuando monseñor Escrivá y don Álvaro llegaron al planchero, faltaron bocas para decirle lo ocurrido con la señora Marchesini y la respuesta de Encarnita sobre la muerte del rey de Inglaterra.
En aquel momento alguna numeraria, no puedo recordar quién, dijo:
-Entonces, Padre, ahora la princesa Isabel, que es tan joven, será la reina de Inglaterra.
No había terminado esta persona de pronunciar estas palabras cuando monseñor Escrivá, violentamente, se alzó de su silla, con un gesto brusco se enrolló el manteo mientras iba hacia el centro del planchero jadeante, furibundo y gritando a todo pulmón:
-¡¡¡No me habléis de esa mujer!!! ¡¡¡¡No quiero oír hablar de ella!!! ¡¡¡Es el demonio!!! ¡¡¡El demonio!!! ¡¡¡No me volváis a hablar de ella!!! ¿Entendido? ¡¡¡Pues ya lo sabéis!!!
Y dando un tremendo portazo a la puerta del planchero, salió hacia la Galleria della Madonna. Estábamos aún todas estupefactas, cuando volviendo a asomar su cabeza por la puerta, sin entrar, volvió a repetirnos:
-¿Entendido? ¡¡¡No me habléis nunca más de esa mujer!!!
Antes de que diera el segundo portazo, don Álvaro con su flema y sonrisa característica, nos miró y dijo “Pax!”, saliendo también hacia la Galleria della Madonna con aire pacífico.
Inmediatamente Encarnita Ortega nos dijo que volviéramos a nuestro trabajo y que no se comentara el asunto. A mí personalmente me dijo que no escribiera nada de esto en el diario de la casa.
[...]
Monseñor Escrivá solía invitar a almorzar en este comedor a alguna persona que, por el motivo que fuera, valoraba especialmente. Recuerdo que lo hizo varias veces con su médico, el doctor Carlo Faelli, y su señora, a quien Encarnita solía visitar. Otras veces era un cardenal o un obispo. Las indicaciones que teníamos sobre los invitados eran muy claras y concretas, como clara era la indicación de que a nadie se le serviría antes que al Padre. Para ello atendían el comedor dos doncellas, quienes al mismo tiempo acercaban las fuentes al Padre y al invitado de honor.
Cuando había almuerzo de invitados, bien fuera en este comedor o en otro, yo solía ser quien ayudaba casi siempre a Encarnita a preparar la mesa, el adorno floral del centro y quien estaba con ella en el office mientras duraba la comida.
Como puede notarse, yo estaba bastante en el candelero en múltiples ocasiones. Parece ser que yo era muy eficaz en estos asuntos relativos a invitados y en resolver gestiones de etiqueta, especialmente con embajadas y consulados.
Incomprensible como me parece ahora, todo eso me hacía pensar en la gran confianza que monseñor Escrivá y Encarnita depositaban en mí y me ponía muy feliz. De lo que no me daba cuenta entonces era de que me estaban usando como una necia. Tuve que salirme del Opus Dei para advertir cómo, bajo capa y color de “buen espíritu”, “amor al Padre y a la Obra”, el Opus Dei exprime a sus miembros todos.
En nuestras vidas nos importaba más la opinión del Padre, el contentar al Padre, que el contentar a Dios. Es decir, estábamos convencidas de que contentando al Padre primero, Dios estaría contento. ¡Una curiosa forma de vida interior!
Los domingos no solíamos hacer limpieza en la administración a fin de engrosar el número de las que podíamos pasar a la casa de ejercicios o a la parte que los obreros fueran dejando libre. Puedo decir que todas emprendíamos esa labor de los domingos con gran espíritu deportivo, pero a las dos de la tarde, cuando la encargada de cocina generalmente nos subía un tentempié con las sobras de la nevera, lo devorábamos todo como fieras. Igual daba que fueran sardinas frías dentro de pan o trozos de lo que fuera. Hay que tener en cuenta el que muchas de estas limpiezas eran en invierno, en lugares donde teníamos las ventanas abiertas de par en par y el frío era atroz; se quedaba una aterida. La encargada de cocina, recuerdo cuando era Iciar Zumalde, solía decirnos que le encantaban las limpiezas de los domingos, porque le limpiábamos de sobras la nevera. Y de estas limpiezas no se escapaba nadie.
Por supuesto que la ruta de estas limpiezas venía indicada por don Álvaro, pero lo que también es verdad que ni el Padre ni don Álvaro asomaban por donde estábamos limpiando. Justicia es decir que Encarnita, hasta la hora de la comida del Padre, arrimaba el hombro con nosotras, como la que más.
Con este ejercicio, las que vivíamos en Villa Saechetti estábamos flacas como palillos, aunque la verdad es que comíamos bien. No así Encarnita, que apenas probaba bocado.
[...]
Nuestras tertulias eran con las numerarias sirvientas. Algunos domingos venía también a Villa Sacchetti alguna numeraria de la región de Italia con dos o tres de las numerarias sirvientas que estaban en esa región. Como ya dije, en verano se solía jugar a la pelota con las sirvientas. Una especie de baloncesto, sin cesto. Otras veces era conversar y contarles anécdotas, sucedidas en una casa u otra, pero como temas eran bien cosas de los primeros tiempos de la Obra, cosas que había dicho el Padre o anécdotas que habían sucedido yendo de compras, por ejemplo. Nunca se hablaba de temas de actualidad política, mundial o lo que fuera. “El mundo” estaba basado para nosotras en los países donde había fundaciones del Opus Dei y, de hecho, se leían, como cosa extraordinaria, en las tertulias de los domingos, alguna carta seleccionada de las numerarias o numerarias sirvientas de México o de Chicago. Ese era “el mundo de las numerarias del Opus Dei” en la casa central de Roma.
Temas relativos a la pobreza o el hambre en el mundo, a los problemas sociales de la humanidad en una palabra, ni se esbozaban. Más de una vez nos dijeron los superiores que “eso no era lo nuestro, que para ello estaban las congregaciones religiosas”.
No se veía revista de clase alguna en la tertulia. Nisa Guzmán empezó a enviar periódicamente desde Chicago números de “Vogue”, de “Bazar” y alguna otra revista de este tipo, pero alguna numeraria puritana le dijo a Encarnita que muchas de las modelos de esas revistas tenían cara de “malas” (tradúzcase por putas) y aquellas revistas también dejaron de circular en las tertulias. Excepcionalmente, se nos permitía buscar algún modelo, si es que nos iban a hacer un vestido, en dichas revistas, a las cuales, por primera providencia, ya les habían arrancado una serie de páginas.
[...]
A la casa de Castelgandolfo se la llamó desde el principio “Villa delle Rose”. Era una casa vieja, fea e incómoda. Teníamos que dormir las numerarias en el suelo del comedor y aún recuerdo que había un tranvía que cuando pasaba nos retemblaba todo el suelo. La parte más habitable y mejor de aquella casa era la dedicada a la sección de varones. Solía haber un sacerdote con varios numerarios y algunas veces venía monseñor Escrivá de visita.
Nos habían dicho en Villa Sacchetti que iríamos en turnos a Castelgandolfo para hacer nuestro curso anual. Faltaban aún unas dos semanas para empezar, cuando un día, después de comer, me dijo Encarnita que tenía que irme a Castelgandolfo inmediatamente, que Pilarín Navarro ya lo sabía y me estaba esperando. No me dio razón alguna de aquella prisa, sino la advertencia de que procurase no perder el autobús y que luego irían las demás a hacer el curso.
Yo me fui sola y, al llegar, Pilarín Navarro, la directora de la región de Italia y del curso especial que hacían las nuevas vocaciones italianas, se sorprendió al verme y me preguntó:
-¿A qué vienes?
La verdad es que yo no lo sabía. Y así se lo dije.
Me quedé analizando, sin embargo, que Encarnita no me había dicho la verdad, porque Pilarín Navarro no tenía ni idea de que yo iba. Esto, unido a que el enorme trabajo que teníamos en Villa Sacchetti, hacía incomprensible el prescindir de una persona, me hizo pensar en el por qué me habrían enviado a Castelgandolfo tantos días antes de empezar el curso anual. Y por qué la salida tan precipitada.
Por mi manera de ser, la cosa que más me ha enfurecido siempre es hacer las cosas porque sí, sin darle a una persona razones. Por ello, queriendo encontrar una razón, pensaba si sería que había hecho algo mal y me mandaban así para que me diera cuenta, pero, por otra parte, recordaba a Encarnita toda sonreída cuando me lo dijo. Creo que toda la gama de posibilidades se me pasaron por la mente y al final, como no encontraba ninguna razonable, decidí sumirme en un profundo silencio hasta que Encarnita, que me dijeron iba a venir al curso de las italianas dos días después, me explicara las cosas.
El hecho fue que Encarnita vino y salió volada después de la clase. Yo logré alcanzarla y preguntarle, ¿pero qué pasa?, ¿por qué me mandaste aquí?
No sólo no me contestó sino que me dijo que iba a todo correr porque perdía el autobús para llegar a la cena del Padre.
Yo me irrité aún más al ver su sonrisa. Era como si se estuviera burlando de mí.
No sé si es necesario aclarar a esta altura que dado mi carácter fuerte aquello me irritó sobremanera, tanto que incluso se me pasó por la cabeza, viendo el proceder del Opus Dei, el mandar todo a paseo e irme del Opus Dei.
Al día siguiente, cuando vino don Salvador Canals, pasamos todas por el confesonario y yo le conté lo ocurrido. Don Salvador, que era un hombre muy bueno y pacífico, me calmó los ánimos y me dijo que no me preocupara.
Por otra parte, la vida toda era en italiano, lógicamente, y a mí me suponía aún un gran esfuerzo el hablar en italiano todo el día, o sea que la cosa tampoco se me hacía fácil por ese lado.
Como resultado de mi enfado, me encerré en un silencio casi absoluto, sin ser por ello incorrecta, hasta que terminó aquel bendito curso y regresé a Roma.
Yo pensaba hablar con monseñor Escrivá preguntándole las razones que impulsaron a Encarnita a actuar de tal modo conmigo, pero no tuve tiempo a ello. En una ocasión que me crucé con don Álvaro en la casa, yendo con Encarnita, me dijo éste de buenas a primeras:
-Te has portado como un animal en Castelgandolfo dando tan mal ejemplo.
Tras de esto, y dos días después, me llamó el Padre delante de don Álvaro y de María Luisa Moreno de Vega y me echó la bronca mayor que recuerdo.
Como siempre, gritando. Me dijo que se había enterado por Encarnita de lo mal que me había portado en el viaje cuando vine de España coqueteando con el señor italiano (el pobre hombre que me ayudó a subir al tren en Veintemiglia cuando venía a Roma hacía varios meses). Que yo le había dado el número de teléfono de la casa. Que había escandalizado, “¡escandalizado!”, me gritaba, a esa “pobre sirvienta” que venía conmigo en el tren leyendo esa porquería de revistas, y que encima de todo en Castelgandolfo no había podido dar peor ejemplo, siendo una de sus secretarias, con el mutismo en que me había sumido.
A todas éstas, María Luisa Moreno de Vega no tenía ni idea del asunto de mi viaje, ni de lo que la sirvienta dijo, ni de nada. La pobre estaba compungida y seria. Se la veía sufrir.
Cuando me gritaba enfurecido, don Álvaro, para calmarle, le dijo a fin de terminar la bronca:
-Padre, yo ya le he dicho que se ha portado como un animal.
-Peor que un animal -gritaba el Padre-. Dando mal ejemplo a todas las nuevas vocaciones, siendo una de mis secretarias.
Y cuando don Álvaro trataba otra vez de mitigar la bronca diciendo:
-Padre, son ya cosas de antes de ayer -tratando de decir el mucho tiempo que había transcurrido, monseñor Escrivá respondió:
-¡Nada de antes de ayer! -gritaba-. ¡Son cosas de ayer!
Y para que me enterase de lo mal que me había portado me dijo como colofón:
-Y ya lo sabes: no pienso hablarte en dos meses.
De ahí, en total silencio, nos fuimos a secretaría, no sin haber pasado un momento por el oratorio.
Acogiéndome a que María Luisa Moreno de Vega era superiora mayor, a quien una numeraria comente como yo podía hablarle en ocasiones confidencialmente, le expliqué lo sucedido en el tren. Ella me escuchó muy sentidamente, me creyó, estoy segura, y me dijo que debería volver a hablar con Encarnita para asegurarle que cuanto yo le había dicho anteriormente era verdad.
Aunque no me apetecía hablar con Encarnita por su forma de acusarme ante el Padre, al cabo de tantos meses de estar en Roma, lo hice porque estaba realmente angustiada al saber que el Padre no me hablaría en dos meses, cosa que cumplió a cabalidad.
Aquellos dos meses me parecieron una eternidad. Monseñor Escrivá, ostensiblemente delante de todas, hacía notar que no me dirigía la palabra. La verdad es que aquel castigo me costó más de una lágrima en mi oración.
Pasaron más de dos meses cuando un buen día me empezó a hablar con la mayor naturalidad, como si nada hubiera pasado. Al recordar hoy día hechos semejantes, confieso que me asombra ver la capacidad de aguante que tiene el ser humano cuando sigue ciegamente a un líder. Y pienso también qué clase de sentimientos podría albergar el corazón de monseñor Escrivá cuando se permitía jugar con los sentimientos de todos nosotros con esa insensibilidad. No me parece que sus actuaciones, poniendo la anterior como un ejemplo entre muchos, estuvieran cerca del espíritu evangélico respecto al perdón de las ofensas “antes de que se pusiera el sol”, si es que tan ofendido se sentía.
Por ello, y a fin de adoctrinar a un grupo en el verdadero espíritu de “unidad” en el Opus Dei, monseñor Escrivá decidió que, poco a poco, fueran viniendo a Roma, en calidad de simples numerarias, algunas de las que componían esos gobiernos, como por ejemplo Marisa Sánchez de Movellán, María Teresa Arnau, Lourdes Toranzo, Pilar Salcedo y otras. Es decir, al traerse esas numerarias que ocupaban cargos, necesariamente esas vacantes tenían que llenarse con otras personas que el Padre iba a seleccionar cuidadosamente.
Cada vez que llegaba una de estas numerarias, tenía, no cabe duda que indicado por monseñor Escrivá, una larguísima sesión conversando en privado con Encarnita Ortega; sesión que duraba horas y, a veces, hasta días. Hubiéramos debido ser sordas y ciegas para no oír a la persona que había llegado sollozar y verla luego con los ojos rojos. En muchos casos se le pedía que escribiera aquellos hechos que se apartaban de la “unidad” de la Obra.
Aunque entonces no supimos el tema de aquellas conversaciones, meses más tarde nos enteramos, porque la misma Encarnita nos lo comentó a las que formábamos el gobierno central, indicando que “había sido providencial” el que aquellas numerarias vinieran a Roma y que las broncas fueron necesarias para “cortar el mal de raíz”. Léase “falta de unidad”.
Se me ocurre pensar que “este confesar los errores” de no haber vivido bien la “unidad” del Opus Dei, haciéndolas sentir culpables, tiene cierta semejanza con las tácticas de Stalin cuando exigía a la gente que confesara los errores de sus “desviadas interpretaciones” del dogma comunista. Y, por otra parte, el hacer sentir culpables a las personas crea una especie de dependencia de aquella “fuente” de donde proviene la verdad. En este caso Encarnita y monseñor Escrivá.
No cabe duda de que había una aureola entorno a Encarnita como la numeraria “con mejor espíritu” de la Obra, por una parte, y la de quien tiene “toda la confianza del Padre”, por otra parte. Así como había una aureola de “santidad” alrededor de monseñor Escrivá. Se guardaban todas las prendas de ropa que desechaba, desde pañuelos a ropa interior, y era una “suerte enorme” el que alguna de nosotras consiguiera alguna cosa que el Fundador hubiera dejado de usar. Por ejemplo, yo aún conservo unas tijeras de mesa, parecidas a una tijeras de uñas, muy peculiares, que él usaba, pero que dejó de hacerlo porque se le había roto una de las puntas. Curiosamente y por costumbre, las tenía en mi estudio hasta que un día, a un dominico amigo mío, José Ramón López de la Osa, que estaba pasando una temporada en Santa Bárbara y criticó aquellas tijeras, le dije con tono de reproche: “No te metas con las tijeras que eran de monseñor Escrivá.” No habían pasado ni tres días, cuando al llegar a mi casa me dejó unas auténticas tijeras de cortar papel sobre mi mesa diciendo: “Para que eches a la basura “las benditas” [usó otro calificativo] tijeras del Fundador.”
[...]
A mí, en esa época de fanatismo en grado superlativo, cuanto hacía el Padre me parecía perfecto. Lo que hacía Encarnita no lo veía tan claro y me costaba rendir el juicio, pero lo rendía.
La disposición del gobierno central era en esencia girar alrededor del Fundador. Entre nosotras, las que formábamos la Asesoría, la relación era buena. Teníamos la mayoría bastante genio, pero lo dominábamos. Tanto María José Monterde como Lourdes Toranzo eran, a mi juicio, irritantes con sus bromas pesadas. Pero María José era clara, cosa que Lourdes no lo era tanto.
Sí era claro que Encarnita llevaba el cotarro. Ella y Marisa nos daban las cosas de gobierno “medio comidas”. Es decir, dejaban ver que lo que ellas sugerían era mejor que lo que nosotras pensábamos, lo cual implicaba que el resto estábamos muy mediatizadas. Encarnita tenía puntos fijos y uno de ellos era Pilarín Navarro: no omitía ocasión en la que de una manera u otra, muy sutilmente o no tanto algunas veces, la censurase por su falta de “amor al Padre”.
Igualmente nos dejaba ver que monseñor Escrivá no tenía confianza en Pilarín.
El “reinado” de Encarnita Ortega en Roma se terminó hacia el año 1965 y a consecuencia del escándalo de su hermano Gregorio Ortega (Goyo), como trataba en la “Introducción” de este libro. Gregorio Ortega llegó a Venezuela el 16 de octubre de 1965 y lo deportaron de ese país el 12 de noviembre del mismo año, después de haber estado detenido en la suite que ocupaba en el hotel Tamanaco de Caracas. Indiscutiblemente a monseñor Escrivá no le interesaba tener cerca de él nada menos que a la hermana de este numerario que tantos problemas les había traído.
Precisamente a Encarnita la dijeron que fuera a España para hablar con su hermano. Una vez allí la hicieron quedarse en Barcelona por varios años [1965 - 1972]. Luego la relegaron a Oviedo, a casas de menor importancia y, por último a Valladolid, donde reside actualmente [1974 - 1995].
[...]
Segundo viaje de Carmen Tapia a Roma desde Venezuela (1965):
No habían pasado ni veinte minutos de haber llegado a mi cuarto, que estaba en el otro extremo de la casa, cuando me avisaron por el telefonillo interior del pasillo que fuera de inmediato a la sala de sesiones de la Asesoría Central.
Entré. Monseñor Escrivá estaba de pie y se le veía iracundo. A su izquierda estaban don Javier Echevarría (ahora monseñor Echevarría) y don Francisco Vives, ambos con cara de consecuencia. A la derecha del Padre estaba la directora central, Mercedes Morado, María Jesús de Mer, la médica, y Marlies Kücking, la prefecta de Estudios. Todos tenían aspecto enfurecido. Yo me sentí aterrada ante el cuadro.
La entrevista fue así:
-Me han dicho éstas -dijo monseñor Escrivá apuntando con el dedo a la directora central y a las otras dos asesoras allí presentes- que has recibido la noticia de que no vuelves a Venezuela con histerismo y lloros. -Y gritándome, fuera de sí, me dijo-: ¡¡¡Muy mal espíritu!!! ¡Y no vuelves a Venezuela ni volverás porque has hecho una labor personalista y mala! ¡Y has murmurado documentos míos! ¡¡¡Documentos míos, los has murmurado tú!!!
Y esto me lo decía jadeante y con su puño cerrado llevándolo hacia mi cara. Y agregó:
-¡¡¡ Y eso es grave!!!, ¡¡¡grave!!! ¡¡¡GRAVE!!! Y te hago una admonición canónica. ¡¡Y que conste en acta!! -dijo dirigiéndose a Javier Echevarría que, repito, no tenía cargo alguno en la Asesoría Central-. A la próxima -siguió monseñor Escrivá- ¡vas a la calle! ¡Siempre con enredos desde aquel año 1948! ¡Tú y el otro! ¡Y ahora me vienes con éstas! Y no llores porque lo que te pasa es que eres soberbia, soberbia, soberbia…
Y repitiendo esta palabra se fue yendo por la sala de cálices, hacia la sacristía mayor.
Yo me quedé de piedra. Ni me moví. La directora central me dijo en tono enfadadísimo: “¡Vaya disgustos que le estás dando al Padre!”
Quisiera aclarar aquí el hecho del pasado al que se refiere indiscutiblemente monseñor Escrivá: en 1948, cuando yo tenía planteado mi problema vocacional, hice un viaje a Valladolid para asistir a una reunión de antiguas alumnas en el Colegio de las Dominicas Francesas. De paso hablé sobre ello con mére Marie de la Soledad, quien como dije, no veía clara mi vocación al Opus Dei. Sin embargo, llegué a la conclusión de que si Dios me lo pedía no debía dudar ya más, y de una vez para siempre, no pensar más en mi novio. Volví a conversar con esta religiosa, quien me aconsejó que le comunicara cuanto antes a mi confesor, el padre Panikkar, la solución definitiva a que había llegado. Y no se me ocurrió otra cosa mejor que enviarle un telegrama a “Molinoviejo”, donde él pasaba aquellos días. Creo que el texto del telegrama era una cosa así: “Lo he ofrecido todo por las misiones aunque queriéndole más que nunca.” (Me refería a mi novio, por supuesto.) Y firmaba. Naturalmente que mi confesor entendió el texto, pero por lo visto no así el director de aquella casa, quien abrió el telegrama y lo comentó, como me dijeron más tarde, a un superior del Opus Dei.
Pasaron varios meses y en uno de los viajes que hizo a Madrid Encarnita Ortega (ella ya vivía en Roma), me llamó a “Zurbarán” y me dijo de la manera más grosera que “yo me había declarado a un sacerdote del Opus Dei por telegrama”. Yo me quedé petrificada, porque nada más lejos de mi mente. Y se lo hice saber. Cuando me contó que ella y el Padre así lo creían, no podía dar crédito. Le expliqué las cosas, pero no quiso entender. Entonces, le dije que lamentaba que una cosa así se hubiera interpretado tan torcidamente, que lo sentía de veras y que le pediría disculpas a mi confesor y a monseñor Escrivá, diciéndole que ni de cerca ni de lejos quería ofender a alguno de sus sacerdotes, y menos a mi confesor. Después de aquello yo fui mucho menos a “Zurbarán” por un tiempo. Ahora, pues, en esta admonición, monseñor Escrivá me hacía recordar aquel hecho tan desagradable y sin fundamento.
Se fueron todas las de Asesoría y me dejaron sola, viendo mi estado de angustia. Sólo me hicieron una indicación: “Llega puntual a la hora del almuerzo.”
Yo no podía dar crédito a lo que oía, a lo que veía: aquel Padre bueno, cariñoso, que yo siempre había querido y por el que había hecho todo en mi vida desde que llegué al Opus Dei, me acababa de hacer una admonición, con la amenaza de echarme del Opus Dei. Me parecía, dentro de mis pensamientos entrecruzados de aquel instante, que se estaban sacando las cosas de quicio. No podía aceptar que monseñor Escrivá fuera tan duro y no me brindara la oportunidad de hablar con él a solas, de preguntarme y oírme antes de juzgarme, y de juzgarme en público. Tenía la impresión de vivir un juicio sin defensor y sólo con fiscal, sin darme ocasión a explicar las situaciones y, sobre todo, me dolían los modales del Padre, o mejor dicho la falta de modales de caridad más absoluta, la falta de comprensión.
[...]
Hacia mediados de mayo de ese mismo año noté que se me movía la tierra debajo de mis pies. Me llamaron en carrera, como siempre, a la sala de reuniones de la Asesoría Central. Monseñor Escrivá estaba sentado a la cabecera de la mesa, don Francisco Vives y don Javier Echevarría a su izquierda; don Álvaro del Portillo no estaba. A su derecha la directora central, Mercedes Morado, y la prefecta de Estudios, Marlies Kücking. Me hicieron sentar entre Mercedes Morado y Marlies Kücking. Se respiraba un ambiente de horror. Monseñor Escrivá me dijo a grandes voces, jadeante y fuera de sí:
-Mira, Carmen, esto se va a acabar. Tú no nos vas a tomar el pelo a nosotros.
Cogió una cuartilla que tenía delante de él y acomodándose los anteojos, me dijo:
-Me dicen que tú te escribes con Ana María Gibert, con esa mujer, ¡con esa mala mujer! Y que tienes un apartado aquí en Roma.
Dejó los anteojos sobre la mesa y gritándome agregó:
-¿Qué es esto, grandísima hipócrita y falsa, mala mujer?!
Yo le contesté:
-Sí, Padre, he escrito a Ana María Gibert, pero ella no es ninguna mala mujer.
Monseñor Escrivá continuó leyendo la cuartilla:
-Y la alcahueta esa de Gladys, cochina, ¡¡¡que venga!!!
Llegó Gladys a la sala de sesiones, lívida.
Sin previo saludo, monseñor Escrivá le empezó a gritar:
-¿Tú le llevas a ésta, a esta mala mujer, las cartas a correos? ¡¿Tú sabes la gravedad de lo que has hecho?!
Gladys permaneció callada. Pero monseñor Escrivá insistió:
-¡¡¡Contesta!!! ¡¡¡CONTESTA!!!
Gladys, impertérrita, permanecía silenciosa. Entonces yo le dije:
-Sí, Gladys, di que me has llevado algunas cartas.
Tras lo cual Gladys dijo:
-Sí, Padre. -Y enmudeció.
-Ya lo sabes. Ya no trabajas más en la Asesoría Central. Dejas de poner los pies allá arriba. -El piso de oficinas de Asesoría-. Que le busquen cualquier otro trabajo en la casa. Y ahora ¡¡¡vete a tu cuarto y no te muevas de allí para nada!!! ¡¿Lo oyes?! ¡¡¡Para nada!!!
Cuando Gladys salió de la sala de sesiones de Asesoría, monseñor Escrivá le dijo a la directora central y a Marlies Kücking, siendo testigo de ello los sacerdotes que antes mencioné:
-A ésa -refiriéndose a Gladys-, cójanla después, levántenle las faldas, bájenle las bragas y denla en el culo, ¡¡¡en el culo!!!, hasta que hable. ¡¡¡HÁGANLA HABLAR!!!
Dirigiéndose a mí, monseñor Escrivá me dijo gritando:
-¡Te hago la segunda admonición, hipócrita! ¿De modo que me escribes una carta con motivo de mi santo diciéndome que querías empezar de nuevo y es esto lo que me haces? ¡Háblales a éstas todo, todo, que eres de cuidado! Y te advierto que estoy esperando que me lleguen unas declaraciones juradas de Venezuela y verás lo que es bueno. ¡¡¡Eres una mala mujer, una ruin, una hez!!! ¡¡¡Eso eres tú!!! Y ahora ¡¡¡vete, que no te quiero ver!!!
Es imposible explicar mi estado de ánimo. Yo me sentía muerta. Aterrada. No sabía lo que podrían hacerme. No podía coordinar correctamente mi pensamiento, ni me dieron tiempo para ello tampoco.
[...]
El 27 de mayo me volvieron a llamar a la sala de reuniones de la Asesoría Central. Yo estaba segura de que tendría que estallar tarde o temprano el asunto de la meditación del sacerdote venezolano que, rota en mil pedazos, me encontraron en el closet antes de que hubiera tenido tiempo de quemarla, como explicaba anteriormente.
Esta vez, en la sala de reuniones de la asesoría central estaban reunidos monseñor Escrivá, Alvaro del Portillo, Javier Echevarría, Mercedes Morado y Marlies Kücking. Monseñor Escrivá me habló así:
-Carmen, no tienes más salida que la calle. Escoge: a la calle pidiendo tú la dimisión y diciéndome en una carta que has sido feliz, ¡porque lo has sido!, pero que desde hace una temporada vienes observando que no te encuentras con ánimo de cumplir con los compromisos que tienes con la Obra y quieres que se te dispensen, o, si no lo pides así, llevo todo a la Santa Sede con documentos, cartas, declaraciones juradas, nombres de unos y de otros, y será la deshonra para todos por tu culpa, y la tuya propia: tu nombre quedará marcado en la Santa Sede. Te doy a elegir de aquí a mañana a las doce del mediodía. -Con gran irritación agregó-: No me pongas en la carta “querido Padre”, sino solamente “Padre”.
Y siguió:
-Aún estás joven, y puedes encontrar por ahí un buen marido y desahogar por ahí todos tus instintos.
Al decir esto, recuerdo bien que hizo unos gestos con las manos como de quien manosea otro cuerpo-. No te faltará un buen hombre que quiera casarse contigo. Además, tú eres capaz de hacerte cargo de una oficina y sacarla adelante.
Y aquí, cambiando el tono, la forma y los modales, agregó gritando:
-Pero que conste en acta: tercera admonición: ¡A la calle!!! ¡¡¡A LA CALLE!!! ¡¡¡Nos dejas en paz!!! O sea que ¡piénsatelo!: O pides tú la dimisión o la deshonra para todos y para ti la primera. Pero no hay más que una salida para ti: ¡a la calle!!!
Me fui al cuarto destrozada. Realmente no podía ni rezar. Tenía un profundo caos en mi mente. Por supuesto, seguía con la vigilancia dentro y fuera del cuarto.
No habían pasado ni dos horas de la escena con monseñor Escrivá cuando llegó Elena Olivera, una de las superioras del Gobierno Central, a preguntarme si no había escrito ya la carta al Padre. Le dije que no. Que tenía plazo hasta el día siguiente y que, además, Mercedes Morado me había quitado la pluma que usaba. Me insistió Elena Olivera en que escribiera cuanto antes la carta al Padre, porque estaba muy preocupado. Y me prestó su pluma para escribir la carta de dimisión.
Escribí, pues, la carta. El texto, creo que más o menos era en estas líneas: “Padre: Aunque he sido muy feliz en la Obra por espacio de muchos años, desde hace una temporada veo que no logro ser capaz de cumplir con las obligaciones que mi servicio a la Obra lleva consigo, y por eso le ruego que me dispense de dichas obligaciones. Le doy las gracias por todo lo que han hecho por mí.” Una cosa así era. Y luego firmaba. Había hecho una copia para mí, pero Mercedes Morado me la quitó.
Me dijeron que habría que esperar porque era fin de semana y a don Álvaro no le daría la confirmación de “lo mío” la Santa Sede hasta el lunes. Cosa que me extrañó, porque cuando es “separación voluntaria del Instituto”, con arreglo a las Constituciones por las que se regía entonces el Opus Dei, con la dispensa del presidente general era suficiente. Pero en el fondo a mí me daba ya todo igual. Era un trapo. Estaba exhausta.
[...]
También el 31 de mayo me dijeron por la mañana que fuese a la sala de sesiones de Asesoría. Monseñor Escrivá estaba de pie en la sala de cálices. Todos de píe formando un grupo, estaban don Javier Echevarría, Mercedes Morado, Marlies Kücking, María Jesús de Mer. Monseñor Escrivá me dijo escuetamente:
-Aquí tienes tu pasaporte, tu pluma, tu crucifijo, el billete de avión y el soggiorno del gobierno italiano porque sin él no puedes salir del país.
Cuando iba a decirle lo de mis otros documentos, Marlies me detuvo.
Entonces, monseñor Escrivá empezó a caminar de un lado para otro, muy agitado, muy irritado, rojo, furioso, mientras decía:
-Y no hables de la Obra ni de Roma con nadie. No nos indispongas con tus padres, porque ¡¡¡si yo me entero que hablas algo peyorativo de la Obra con alguien, yo, José María Escrivá de Balaguer, que tengo la prensa mundial en mis manos -y decía esto mientras con un gesto confirmaba con sus manos esta idea- te deshonraré públicamente, y tu nombre saldría en la primera página de todos los periódicos, porque de eso me encargaría yo personalmente y sería tu deshonra ante los hombres y ante tu propia familia!!! ¡¡¡Ay de ti si intentas separar a tu familia del buen nombre de la Obra o decirle algo de esto!!!
Y siguió:
-¡¡¡ Y no vuelvas a Venezuela ni se te ocurra escribir a nadie de allí!!! Porque si se te ocurriera ir a Venezuela, ¡¡¡yo me encargaría de decirle al cardenal quién eres tú!!! Y te deshonraría!!! Estuve pensándolo toda la noche si decírtelo o no -siguió monseñor Escrivá-, pero creo que es mejor que te lo diga. -Y mirándome de frente, con una ira espantosa, moviendo los brazos hacia mí como si fuera a pegarme, agregó gritándome-: Eres una mala mujer. ¡Una pérfida mujer! ¡La Magdalena era una pecadora!, pero ¿tú? ¡¡¡Tú eres una corruptora con tus inmoralidades e indecencias!!! ¡¡¡Eres corruptora!!! Lo sé todo. ¡¡¡TODO!!! ¡¡¡HASTA LO DEL NEGRO VENEZOLANO!!! (Se refería a un sacerdote numerario del Opus Dei que siempre defendió a la sección de mujeres y a mí como directora de ellas) ¡Eres terrible! ¡¡¡TE DA POR LOS NEGROS!!!: Primero con el uno (Se refería al hecho tan peculiar, según el criterio de Encarnita Ortega, narrado anteriormente respecto al doctor Panikkar) y luego con el otro. ¡¡¡ DEJA EN PAZ A MIS CURAS!!! ¿¿LO OYES?? ¡¡¡DÉJALOS TRANQUILOS!!!, en paz. ¡No te metas con ellos! Eres mala, mala. Indecente. ¡Vamos, mira tú que lo del negro! ¡¡¡ Y no me pidas la bendición porque no te la pienso dar!!!
Se fue yendo monseñor Escrivá hacia la capilla de reliquias y desde allí me gritó:
-¡¡¡Óyelo bien!!! ¡¡¡PUTA!!! ¡¡¡PUERCA!!!
Me quedé inmóvil. Congelada. Vi y oí todo aquello como una auténtica pesadilla. Ni lloré. Ni pestañeé. Dentro de mí, mientras monseñor Escrivá gritaba aquellos insultos, solamente tuve dos pensamientos: uno el de que Cristo se silenció ante las acusaciones. El otro, de que Dios me había liberado.
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Extraído del libro: TRAS EL UMBRAL, una vida en el Opus Dei. María del Carmen Tapia.
Disponible en Opuslibros.org

